Gorillaz – Song Machine, Season One: Strange Timez

Escrito por el 10 noviembre, 2020

gorillaz song machine

En el séptimo álbum de Gorillaz, más es mejor

Hablar de Gorillaz es hablar de uno de los grupos más distinguidos y originales de la historia de la música. Su storytelling, vistoso y único, su estilo desenfadado y su afán por fusionar hasta los géneros más antagónicos son las características que más definen a los británicos. Una banda que en lo que llevamos de este 2020 nos ha regalado un disco -el séptimo en sus veinte años de trayectoria-, titulado Song Machine, Season One: Strange Timez y que se propone ejercer como contrapeso frente al aluvión de eventos desafortunados y extrañas circunstancias que nos están acompañando durante este año. Y vaya si lo consigue.

Lo primero que llama la atención son las colaboraciones. Si bien Gorillaz siempre ha sabido rodearse de la créme de la créme del mundo de la música, los invitados a participar de este proyecto son algunos de los más destacados en la historia de la banda. Aunque contar con grandes artistas no hace -necesariamente- que el proyecto sea bueno de manera automática, lo más meritorio del grupo es precisamente eso: que el trabajo está a la altura del nombre. Porque se puede sorprender y se puede agradar, pero lograr ambos objetivos a la vez constituye un logro nada desdeñable para los tiempos que corren.

El disco arranca con Damon Albarn cantando Strange Timez a dúo con Robert Smith, una de esas duplas que conforman una especie de fantasía sexual para los amantes de la música. Un piano que recuerda a la banda sonora de una película de Hitchcock y un sonido electropop crean el ambiente perfecto para que los dos artistas canten, según el propio Damon Albarn, “una de las mejores letras que he escrito en mi vida”.

Le sigue The Valley of the Pagans, una de esas composiciones donde se aprecian ciertas reminiscencias de Blur, la antigua banda del colíder de Gorillaz y a continuación suena Lost Chord, una esotérica canción al estilo crooner, en la que podemos encontrar cierta influencia de Arctic Monkeys -incluso alguna melodía literalmente igual, remitirse a Why you only call me when you’re high?– y a la que se suma el legendario artista de soul Leee John con una magnífica actuación.

Llegan Pac-Man, una evolución más rítmica de su predecesora, en colaboración con el rapero ScHoolboy Q, y Chalk Tablet Towers, un tema que lleva el sello clásico de Gorillaz, con un pop al trote fresco conformado por melodías en escalas mayores, que le dan ese toque a caballo siempre entre la melancolía y el optimismo.

En The Pink Phantom se consuma una de las colaboraciones más destacadas del disco. Una canción delicada y ecléctica, de esas que te pondrías un día de bajón, en la que Elthon John y 6LACK entran en escena y ofrecen un espectáculo sonoro que demuestra algo de sobra conocido: los géneros musicales están muriendo. Una performance estética en la que se contraponen lo clásico y lo novedoso; un experimento que, una vez más, Gorillaz ha sabido materializar en forma de obra maestra.

Salta Aries, que podríamos definir como un batido de sonidos ochenteros: guitarras con un sonido cercano a The Cure, ritmos ABBA y una voz susurrante a lo  Echo & The Bunnymen. A esta le siguen Friday 13th, Dead Butterflies -ambas más cercanas al sonido urbano- y la impecable Désolé, cantada en conjunto con una Fatoumata Diawara en estado de gracia.

A continuación suena Momentary Bliss, el que fue el primer adelanto. Tocada en  conjunto con el grupo de punk Slaves y el rapero Slowthai, conforma uno de los cortes más frenéticos y excitantes del disco. Le siguen Opium, una mezcla de trance y electrónica ochentera a caballo entre el epicismo y el espíritu caribeño; y Simplicity, un tema que contrasta con su predecesor por ser un colorido oasis de sonidos y sensaciones, con una armonía selvática y jazzística a partes iguales.

La recta final de este álbum tan extenso como ameno lo encabeza Severed Heart, un temazo soft pop en conjunto con GoldLink y Unknown Mortal Orchestra. With Love To An Ex le sucede y en él hace aparición Moonchild Sanelly para demostrar que está más que capacitada para colaborar con artistas como Gorillaz, Beyoncé o Die Antwoord. MLS y How Far?, ambos marca de la casa, ponen la guinda a un pastel enorme y contundente.

El último álbum de Gorillaz, sacado en forma de capítulos, perpetúa la filosofía de “más es mejor” y nos ofrece un espectáculo brutal de eclecticismo musical, en el que predomina un mensaje de ruptura de las normas y géneros musicales establecidos. Un disco para escuchar en bucle, con canciones variadas, para todos los gustos y ocasiones. El prolífico grupo británico no defrauda -para variar- y hace que nos preguntemos cuándo podremos volver a verlos encima del escenario.

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