Crónica de Pecker en el Palacio de Congresos de Huesca

Escrito por el 8 septiembre, 2020

¿Pasión y alegría en un concierto? Pecker nos demuestra que todavía es posible

Solemos pensar que un concierto constituye un ritual precioso en el que el músico sale a ser escuchado y el público acude a escuchar. Tal vez en algunos casos este intercambio de atenciónsuceda así de manera casi axiomática. Sin embargo, si uno tiene suerte y sabe observar, en ocasiones los papeles se intercambian, varían, se transforman. Es entonces cuando uno presencia un acontecimiento aún más bello: el de la bidireccionalidad. El artista escucha y se comunica con su público, y este es escuchado y reverenciado por el que se encuentra encima del escenario.

El pasado viernes 4 de septiembre a las 22:00h de la noche sucedía un fenómeno casi anómalo a lo largo de estos últimos meses: tenía lugar un concierto de música en directo.

Presidida por una gigante luna de maíz, la noche se presentaba prometedora para los amantes de la música que nos dábamos cita en el Palacio de Congresos de la ciudad de Huesca. La azotea del edificio, con ánimo de aprovechar una perfecta noche de verano, fue el lugar elegido para un concierto que unos 128 altoaragoneses -el aforo máximo permitido por razones de seguridad- esperaban con impaciencia.

Con una puntualidad poco usual en el mundo del espectáculo, pero más que de agradecer, Raúl Usieto (Huesca, 1973), más conocido como Pecker, subía las escasas escaleras que separaban el suelo del escenario. Emergía entonces de detrás de la tarima un hombre delgado, de rasgos amables; ataviado con un conjunto negro conformado por una camiseta, unos pitillos y un sombrero liso de ala ancha.

El oscense, ahora entre las rutilantes luces que desprendían los dos focos situados a los lados del escenario, saludaba al público con agradecimiento y, según parecía, profundo respeto. Los asistentes respondían a su saludo con un sonoro aplauso; sonreían tras sus mascarillas y se acomodaban en sus asientos, situados alrededor de mesas repartidas a lo largo y ancho de la explanada de cemento.

La guitarra electroacústica del músico oscense cantaba los primeros acordes, dando forma a Seremos parte del huracán, la canción que abre su último disco El incendio perfecto (2018). Toda la atención se concentra ahora en aquella voz clara y cristalina que, verso a verso, va ganándose los corazones de los allí presentes. Tras la tormenta siempre hay calma y en esta ocasión lo que al huracán le seguía era Confort, un interesante tema cuya letra, mientras baila sobre una base que recuerda a un garage rock primigenio y desenfadado, nos invita a salir de nuestra burbuja de bienestar y encontrar la magia en aquellos lugares que nos son desconocidos.

Un pájaro distraído cruzaba de punta a punta el silencioso y expectante bosque humano situado frente al escenario. Rugía al interpretar No es solamente euforia. En esta ocasión el teclado, pilotado por Mauro Albero, amigo y habitual colaborador, cobraba protagonismo y evocaba un sonido con sabor a funk, mientras la voz del cantante, similar a la de un rapsoda griego, escupía versos de envidiable pluma. A continuación, la caja de ritmos, situada entre los dos músicos, daba los primeros compases de No (Todo lo que no), un pop que brinda un sonido propio de la Movida Madrileña y provocaba incontrolables meneos de cabeza entre los oyentes.

La quinta canción del repertorio era PolarSe detenían entonces el espacio y el tiempo y todas las miradas se posaban sobre los dedos de Pecker, que acariciaba las cuerdas de su instrumento como si de un arpa se tratase. Perfecta en su instrumentación, desgarradora en su letra; uno de esos temas que te sumergen en un océano de texturas y armonías y terminan de introducirte de lleno en el show.

La serenidad del ártico se vería sucedida por El fuego, el cielo y el hielo, una de las más famosas del cantante y cuya letra cobra un protagonismo especial, como si la música, etérea y frágil, fuera un mero vehículo que transporta un delicado y potente poema.

Con Calaveras y diamantes y Me quemas bastante -en esta ocasión sin el acompañamiento de la gran Bimba Bosé– llegábamos al ecuador del concierto. Nuestro gran incendio sonaba a himno y atravesaba el espacio en todas direcciones hasta chocar con los oídos de un público cada vez más entregado. A ésta le sucedían Tu boca en espiral y la mordaz Puñales, tan irreverente y grotesca como divertida.

La enorme luna, eterna musa del pop en nuestro país, continuaba su ascenso y colgaba del cielo como una bombilla dorada. Comenzaba entonces Supernova, el buque insignia del músico. Éste pedía prestadas las gargantas de los allí presentes para que le acompañaran en ese viaje astral. Los rítmicos movimientos de los cuerpos sobre las sillas eran vestigio de las ganas reprimidas de levantarse a bailar, saltar, abrazarse; igual que se hacía meses atrás.

Entre vítores y aplausos, y con los ánimos por los cielos, comenzaban a sonar los acordes de Acapulco, otra de las más conocidas del cantante, y a continuación aparecía en escena Bailas (o mueres)una de las piezas más impactantes de la noche, que en otros tiempos habría puesto a bailar a los asistentes ‘como autómatas hedonistas’, tal y como reza la canción.

Tras catorce cortes tan íntimos como intensos, el espectáculo estaba a punto de tocar su final. Aviones desde el corazón y Bonus Track ponían el broche a este cóctel de emociones; ésta última, una balada dulce y a la vez desgarradora -narra una historia de autosuperación vivida por el cantante- sonó oportuna y alentadora para los tiempos que corren.

Y así, canción tras canción, intercaladas con paréntesis de panegíricos aplausos, se consumaba el final de un espectáculo pequeño en la forma pero muy grande en el fondo. Tan grande como el satélite que había estado adornando el cielo y que, tras una merecida ovación de más de un minuto a un Pecker tan encantado como encantador, veía desfilar, primero al cantante y luego a su público, fuera del espacio en el que durante una hora y veinte habían sido tan felices.

Los ojos rasgados de los asistentes, que se dejaban ver sobre las mascarillas como grietas sobre arcilla seca, denotaban sonrisas de satisfacción por poder volver, al fin, a disfrutar de ese maravilloso ritual que es la música en directo.

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